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domingo, 5 de abril de 2020

Los muertos de Mesas Flojas - pedazo de texto sin pies ni cabeza

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Estoy en un #mood de historias de quasi fantasía urbana, ficción especulativa y realismo mágico rayando en el terrorífico, intentando oír podcasts de misterio/terror y queriendo contenido que rasque mi picazón por cosas que atiendan esa necesidad de pueblos con secretos inexplicables e historias llenas de desgracias inhumanas.

Consideren comprar mi libro DOBLAN, LAS CAMPANAS, si tienen la misma picazón que yo.

Así que me salió esta corta pieza sin final que no sé si vaya a continuar o vaya a usar de manera diferente en el futuro:

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sábado, 14 de marzo de 2020

Mi libro - Doblan, las campanas: historias de rabia, muerte y resignación

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He mencionado en otras redes sociales que sufrí un corto episodio de coronapánico, mi término con todos los derechos reservados para el pánico inducido por el COVID-19. Dicho episodio trajo a mí la idea de que "no puedo irme de este mundo sin haber publicado algo" y por ello, ilógico o no, pasé una tarde entera editando una recopilación de algunas de mis historias cortas de tono o temática más o menos similar.

Así nace DOBLAN, LAS CAMPANAS.

Una colección de relatos sobre la rabia, la muerte y la resignación. Textos de carácter cuasi autobiográfico elaborados en diferentes momentos de mi vida, algunos de esos momentos no recuerdo a ciencia cierta pero todavía me identifico con las sensaciones que evoqué otrora.

La lista de títulos les será familiar, porque estos cuentos son de acceso gratuito mediante mis cuentas de Wattpad y Fictionpress. La exclusividad de esta edición viene dada por la presentación y la existencia de la traducción de una de las pocas historias que escribí en inglés y cuyos derechos mantuve. Pensé más de una vez en dar de baja esos textos, y dependiendo de lo que pase en el futuro con esta obra eso todavía puede pasar, pero decidí dejarlas en línea porque estar expuesta de tal manera ha sido parte de mi crecimiento. También espero que lo tomen como razón para apoyar a "talentos nacientes" y este intento de tantear el terreno.

¿Dónde pueden encontrarlo?

https://www.amazon.com/gp/product/B085WNJ5HP?pf_rd_r=N26Q3ZC17NBA5BG5DAW4&pf_rd_p=2d1ab404-3b11-4c97-b3db-48081e145e35

Estoy examinando la posibilidad de métodos alternativos, pero como estoy afiliada al programa de Kindle Direct Publishing y a Kindle Unlimited, eso no va a ser posible por los momentos.

¡Gracias!
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viernes, 13 de diciembre de 2019

Barbazul, borrador

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Les dejo los primeros párrafos de un texto que va para algunos lados, luego a otros y mucho después del desvío es que se acuerda hacia dónde ir. Lo he titulado Barbazul por los momentos, y aquellos familiarizados con el cuento de Barba Azul podrán intuir cuál terminará siendo el tono (o a cuál aspiro).

Barbazul


Soledad se enteró de la existencia de su tío abuelo segundo, Narciso Augusto, cuando la llamaron de la Oficina de Sucesiones. Le dieron el más sentido pésame a una desconocida por el fallecimiento de otro desconocido y le informaron de su recién adquirida propiedad: una casona colonial a media hora de la ciudad, la única herencia que el difunto dejó. Sintió un nudo en la garganta, dos en el estómago y otros más a lo largo del intestino debido a la incómoda visión que era su nombre completo escrito en el puño y letra del escribano que había confeccionado el testamento de Narciso hacía veinticinco años, cuando Soledad apenas tenía nueve primaveras ya pasadas.

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miércoles, 11 de diciembre de 2019

Los girasoles - Literup

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Un amigo, Leandro, me presentó la plataforma de Literup y me interesa participar en uno de sus retos de escritura con un microrrelato de quinientas palabras o menos que cumpliera con:
  • Suceder en la luna
  • Ser de género policial (enfocado en el investigador y no en el criminal)
  • Tener a un personaje con girasoles en las manos
No le he puesto título y no sé si lo necesite para el reto, pero les dejo el texto.

Las autopistas espaciales eran una invención relativamente reciente y eran una visión alienígena, sin chiste alguno, fuera de la capital lunar, con sus señalizaciones holográficas y rieles más que verdaderas carreteras. Una novedad todavía necesitada del peligroso ensayo y error que cobró no menos de una docena de vidas el ciclo estelar pasado, pero para el inspector Roca, del Ministerio de Accidentes Laborales y Seguros de Vida, había algo más.

Roca, robusto y de mejillas rojizas, era de esos hombres esperanzados que buscaban el “algo más” en todo lo que hacía, y su terquedad le había costado un cargo en la fuerza policial. El puesto de inspector se lo ganó siendo el no tan discreto conductor designado de un ministro borracho y el claro nepotismo le dejó un mal sabor en la boca muchos meses después, siendo uno de los principales impulsos para ahondar en el meollo de lo que Roca llamaba abiertamente asesinatos.

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lunes, 30 de septiembre de 2019

Texto corto que titulé "oleaje" por ahora

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Escuchas a las olas chocar contra el acantilado del cual acabas de caer. Lo observas desde lejos, muy lejos, tanto que piensas en la incapacidad humana de estar en tu posición actual. Una nube pasa por debajo de donde habrían de estar tus pies, escondiendo la tierra. Intentas estirar una mano, aunque tampoco las tienes. Te habrías sorprendido, pero tampoco hay oxígeno en tus pulmones, ni pulmones, para eso.

La nube sigue el curso que le indica el viento, y tu cuerpo te devuelve la mirada con tus ojos opacados por la falta de alma tras ellos. Tardas unos segundos en recordar siquiera que eres tú quien flota en el mar, y otros más en dirigir tu vista al costado, a tierra firme. Puedes ver cómo él se retira corriendo y su figura se pierde entre árboles dejándote solamente con el llanto que resuena en el ambiente. Su llanto.

¿Llora por ti, acaso?

En la punta del acantilado, entre hierbas marchitas, se encuentra el reluciente anillo de oro con el cual acaban de proponerte matrimonio. Tus últimas palabras fueron la negación.
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sábado, 25 de mayo de 2019

Adelanto del 4to capítulo de Huesos, oro y sangre

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"A este mal paso habrá que darle prisa –dijo Shae, manos a cada lado de la cadera. Estaba incómoda entre tanta naturaleza, pues su ambiente de trabajo era uno exclusivamente citadino donde era sencillo guiarse entre calles, callejones, techos y alcantarillas. El trabajo mortal tenía vida en sí mismo y no existían a sus ojos dos ladrillos iguales. En cambio, los robustos troncos y las débiles hojas eran todos copia unos de otros, idénticos y faltos de un patrón a seguir, mucho menos uno a controlar–. A menos que queramos que nos coma la vieja bruja del barro.

El conjunto de árboles y arbustos que les daban cobijo de la vista indeseada de los guardias era uno relativamente reducido como para realmente llamarse bosque, y tampoco tenía nombre. En otro tiempo, había sido un terreno dispuesto para la siembra de tubérculos y entre las raíces que sobresalían de la tierra podía divisarse una que otra planta de papa. La mayor parte de los cultivos empezaron a ser realizados al otro lado de la ciudad luego de un accidente fatal: una tiefling anciana se había ahogado en el riachuelo a sus pies, y luego de su muerte fueron reportados por granjeros incontables avistamientos de su fantasma y en ello excusaron la media década en la cual todos los cultivos de la zona se pudrieron."

Llevo dos o tres párrafos, con un poco de diálogo, más. Se pueden leer todo lo anterior tanto en FICTIONPRESS como en WATTPAD.

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martes, 7 de mayo de 2019

'idea brujas uno en cifra punto doc equis'

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Esta noche les dejo unos párrafos que escribí un día pero que no continué nunca sobre la idea de tener una amigable bruja en tu vecindario defendiéndote de los males sobrenaturales de la vida.

Cada pueblo necesita un brujo o bruja encargado de mantener a los espíritus y fuerzas sobrenaturales bajo control. Era, por supuesto, un secreto a voces debido a que tales prácticas, de manos de cualquier otra persona, serían consideradas una herejía sin perdón.

Al poblado de Dos Fuentes se acercaba Eunice la Segunda, quien iba dormida en último ferrocarril del día a un viaje sin retorno planificado. La carta que había llegado a la capital llevaba su nombre precedido de un elegantemente escrito ‘querida’ y en el sobre estaba expuesta la dirección de su vivienda familiar. No estaba de más decir que no estaba realmente dirigida a ella, quien compartía el nombre con su madre.

Eunice, la primera de su nombre bajo su techo, era bruja y madre de dos hijos tan mundanos como el amanecer. La magia no había pasado a su descendencia y tanto Tomás como la segunda Eunice, menor que su hermano por tres años, habían tenido una educación “mundana” por la mañana y clases particulares de teoría mágica por las tardes dos veces a la semana a escondidas del Principal Concejo de Brujas. La carencia del sexto sentido significaba también la falta de acceso a las instalaciones de su alma mater.

No creo que lo siga, pero uno nunca sabe.

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Dos años después...

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Cada tanto tiempo recuerdo que esto existe.
Algunas de las cosas que han sucedido, que son de relevancia para este blog, son que estoy escribiendo de manera esporádica alguna que otra cosa. Entre ellas está una historia de fantasía inspirada en la campaña de Calabozos y Dragones en la que jugaba.

Huesos, oro y sangre. WATTPAD / FICTIONPRESS

El resumen es el siguiente: Un trato demasiado conveniente interesa a la tiefling Shae más de lo que sería sensato en las condiciones correctas. Ahora, junto al sospechoso elfo, un monje dracónico y un par de gemelos místicos, se embarca en una búsqueda que podría costarle más que todo lo que ha robado en su vida.

Actualmente tiene dos capítulos en ambos sitios, pero estoy escribiendo el tercero. He aquí un extracto.

Sucedían cosas extrañas en Cornucopia todos los días, dependiendo de hacia dónde dirigieras la mirada. Tratos y negocios sucios se veían sellados con sangre u oro ajeno, muchos labios se sellaban con pasión, terror o muerte, personas se acostaban en sus camas una noche y amanecían o en otro lado o no amanecían en lo absoluto. Ello era, para un plebeyo corriente, lo que considerarían algo fuera de la cotidianidad, pero para alguien de los bajos rincones de la ciudad, eran gajes del oficio.

Aquello que podría levantarles una ceja o, incluso, ponerles los vellos de punta, era todo relacionado con las artes arcanas y sus prácticas no reguladas. Muchas veces aparecían cuerpos en lugares cuestionables que ninguna banda de rufianes o guardia sobornado podía reclamar como suyo, y a diferentes pares de oídos llegaban susurros de órdenes extrañas que nadie parecía haber dictado. Las sombras cobraban vida en los momentos más oscuros de la noche y más de una sorpresa asechaba a los más preparados.

Por ejemplo, una caravana en llamas.
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viernes, 1 de septiembre de 2017

Bioética, o de cómo no he cambiado mucho en dos años

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Mientras lidio con la que ahora es mi cotidianidad, les quiero dejar algo para que disfruten.

A continuación, el vacío existenciál y la duda sempiterna en la forma de un ensayo que escribí en el 2015 para el curso de Bioética por el cual sufrí mientras me titulaba como Psicólogo. Nuestro entonces profesor nos propuso tres preguntas, sobre las cuales debíamos desarrollar no más de dos páginas de contenido que no necesariamente debería ser expuesto de manera pública, pero yo soy una rbelde de corazón.

Es interesante ser Isabel en el 2017 y haberse encontrado de sorpresa con Isabel en el 2015, razón por la cual he dejado el ensayo sin cambio alguno.

Sin más preámbulo: Un ensayo que juro haber hecho a las tres de la mañana a base de azúcar e insomnio.

¿Es moral “mejorar” la naturaleza humana?
¿Tiene sentido la vida humana tal y como ha sido dada por la evolución?
¿Tenemos derecho a cambiar la génesis humana?

Preguntarse si “mejorar” la naturaleza humana es moral requiere, primeramente, aclarar aquello que se entiende como “mejorar”, y proseguir precisando en cuál dirección va a ir dicho mejoramiento hipotético, suponiendo que exista más de una trayectoria. Ello nos lleva al término “transhumanismo”, que se define de acuerdo a la Asociación Transhumanista Mundial (WTA por sus siglas en inglés) como el “movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y mejorar en gran medida las capacidades intelectuales, físicas y psicológicas”. La Asociación ha tomado la eliminación del envejecimiento y la optimización de nuestras capacidades como definición de mejoramiento, incluso hace uso de la palabra directamente, y por lo tanto me veo segura en la posición para seguirlos, en función del presente ensayo.

Gracias a ello, cuestiono a la segunda incógnita antes de dar respuesta a la primera. ¿Realmente podemos atribuirle sentido a nuestra vida tal cual ha venido evolucionando? No se trata de encontrárselo, sino de nuestro derecho a dárselo cuando con el pasar del tiempo el objetivo común de la humanidad se está volviendo más y más hacer realidad los sueños y pesadillas de Asimov. ¿Cómo podemos buscarle sentido al resultado de la evolución si nuestros esfuerzos van destinados a “superarla”? Slöterdij, en su Teoría de la acción comunicativa y en oposición a la idea previa, expresa que la humanidad y su naturaleza no deben ser “tocadas” y, en cambio, se debe preservar tal cual existe, pero ello no es más que un obstáculo al momento de saber qué se debe hacer en la situación donde es ese “toque” a la vida, esa intervención, lo que implica la preservación tanto de uno como del otro, es decir, de la humanidad.

De acuerdo con el segundo principio de Beauchamp y Childress, el principio de beneficencia, se debe actuar con la mejor intención para el otro en mente, ¿y no es la preservación de una vida la mejor intención que se pueda llegar a tener? Aunado a ello, el séptimo artículo de la Declaración Bioética de Gijón enuncia que todos tenemos derecho a la mejor asistencia médica posible. Si el mantenimiento, preservación, resguardo, etcétera, de la vida implica la intervención de todo medio disponible, y algunos o todos sean medios tecnológicos, entonces el mejoramiento de la naturaleza humana, con el fin anteriormente mencionado, no es solamente moral, sino que además pasa a ser un deber; un deber moral. A dónde nos vaya a llevar dicho mejoramiento es tanto parte del mismo cuestionamiento como uno totalmente diferente.

Por supuesto, de nada vale traer a discusión la meta a la cual nos dirigimos sin antes hablar de dónde venimos. La génesis humana y su modificación. Habiendo concluido que la intervención en la naturaleza humana por y para su mejoramiento es moral, negarse al cambio de su génesis entraría en un cuadro tan absurdo que haría reír al irónico Sócrates. El Proyecto del Genoma Humano existe con ciertos objetivos estipulados, objetivos que coinciden con la postura que se ostenta en el presente ensayo, pues supone que la información recabada en el gen nos atribuirá la posibilidad de diagnosticar infinidad de enfermedades y malestares durante, e inclusive antes de, su estadía en el útero.

            Cabe destacar la cantidad de Decretos, Declaraciones y Declamaciones que fallan al prohibir la práctica de la modificación genética per se, pues se encargan de establecer límites y jerarquías, lo cual no es menos importante, y supone una plena aceptación de ésta; por ejemplo, la anteriormente mencionada Declaración Bioética de Gijón y la Declaración Universal de la UNESCO sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, las cuales coinciden tanto al señalar al genoma humano como patrimonio de la humanidad como en indicar que, bajo ciertas indicaciones, el trabajo en él se realizará con fines diagnósticos, de investigación y para la procreación cuando las alternativas no sean aplicables. Dichas señalaciones lo relacionan con el punto inicial, el mejoramiento de nuestra naturaleza y si éste puede consumarse como deber moral, entonces el cambio en la génesis traducido como la intromisión al genoma humano, dentro de ciertas condiciones, es incluso más que un derecho.


            Queda a gusto del lector decidir si la vida humana tiene sentido alguno tal y como ha evolucionado por su cuenta, pues ya hemos mencionado que ha trabajado para darle su propio ritmo, ignorante del curso natural, o si nuestro trabajo no es más que la evolución puesta en acto mediante nuestras capacidades.
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jueves, 16 de febrero de 2017

Ilusiones de madrugada

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Desconozco cuál será la manera más sencilla de seguir mis escritos originales de manera exclusiva, para ahorrarse el horror de ver mis quejas y uno que otro desvarío a manera de entrada en este blog, así que he recopilado algunos de mis tristes trastes acá, en Wattpad, junto a Humor y Horror en la calle 69.


Me da risa, de verdad, la gente que alimenta su ego creyendo que logra mucho publicado algo en Wattpad, como si cualquiera con una conexión de internet y básico entendimiento de cómo funciona un teclado no pudiese hacerlo.

Aun así, es bien bonito ver el trabajo de uno fingiendo ser una obra seria.
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martes, 13 de diciembre de 2016

Sinsentido

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Aferrándose con toda la fuerza que sus años le permitían a los vestigios de una humanidad perdida, gritó.

Sus alaridos resonaron tanto en la oscura y vacía habitación como dentro de su pecho, creando una melodía desagradable junto al latir de su corazón. Era una sorpresa que, después de tanto tiempo, pudiese permitirse el lujo del sonido a pesar del estado en el cual se encontraba su garganta: desgarrada, desgastada, incapaz de soportar el paso de cualquier tipo de alimento (no importaba, si pudiese su estómago lo devolvería de todas formas).

La muerte era inminente, en especial la suya, y no estaba clamando por ayuda.

Se preguntaba por qué tardaba tanto. Por qué. Por qué. ¿Por qué no llegaba la Parca a pesar de que tanto la llamara?

Manos repletas de sangre ajena y una historia llena de lágrimas que causó era todo lo que le quedaba, además de las cadenas que mantenían su cuerpo firmemente sujeto a la pared.

Había estado tanto tiempo así que a veces creía haber vivido toda su vida en la pared, su pared, dejando los colores, los sabores, la realidad misma, como ilusiones de su mente cruel. Invenciones de su roto espíritu. Otras veces creía que nunca había vivido y, por ende, no podría morir.

Esas veces lloraba horas y horas, días y días. Tal vez solamente minutos. Sin ventanas ni relojes se quedaba sin manera de saber.

Luego, simplemente volvía a gritar.
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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Rompetormentas

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Una pequeña nada inacabada para salir de la rutina en la cual me he clavado con las últimas entradas. Tal vez algún día vuelva a ella para revisarla y, si el destino nos sonríe, acabarla.

edit 26/10/16: Fin.

...

Geryk Rompetormentas había vivido más de cincuenta veranos e inviernos, había visto caer más hombres ante su espada que soles en el horizonte y sembrado más miedo que grano para el pan.

Estaba listo para colgar su armadura, dedicarse al campo y a la mujer con la que quería despertar todas las mañanas, a los hijos que vio crecer desde lejos y al ganado que le daría sustento. Dejó su bélico legado en manos de su ahijado, entregando su escudo a futuras generaciones de valientes, y se acostó a dormir por tres días con sus noches.

Abrió sus ojos y, con su esposa al lado, comenzó una nueva vida igual de dura pero más tranquila.

Transcurriendo entonces diez años de leños cortados, huevos empollados, lana trasquilada y risas ante la hoguera. En ningún momento pensó en unirse a otra guerra, pues dar vida resultó ser más gratificante que quitarla, así fuese en pequeños gestos como ayudar a una yegua traer a su potrillo al mundo o plantar el árbol del cual comería cuando diera sus frutos.

Geryk era feliz.

Al menos, la mayoría del tiempo.

En sus sueños, un águila gritaba su nombre mientras planeaba sobre las montañas oscuras, dibujando un mapa en el cielo que lo guiaría a un reino cuyo nombre susurraban leyendas casi olvidadas. Geryk, ven por la gloria, levántate y anda, encuéntrame.

Tantos años oyendo al animal resultaron en su imaginación volando más alto que la parlanchina águila, ya que no había otra explicación para oír a sus ovejas repitiendo tales palabras.

Luego de descubrir que también escuchaba el susurrar de los labios de su caballo preferido, se acostó pensando en cómo le comentaría a su esposa de su situación. Tal vez visitasen al curandero del pueblo vecino, tal vez lo dejase emborracharse en la taberna más cercana. Alguna solución tenía que funcionar.

Derrochó cuanta moneda pudo hacia sanadores y posaderos pero no hubo brebaje o licor que calmara sus pesadillas. En algún punto, su esposa lo dejó seguir su camino solitario, negándose a soltar el anillo de oro con el cual se habían prometido. Ahogado en su delirio, Geryk no se dio cuenta de su abandono y le hablaba al espacio vacío, imaginando la voz de su mujer junto a las tantas otras que oía.

Durante su camino, conoció y reconoció figuras que lo acompañaron por cortos trechos de su travesía, nunca encontrándose una con otra y jamás manteniendo una misma dirección por más de tres días. Entre ellos, eran de recalcar Iranon, el príncipe mendigo en busca de Airá; el Don que luchaba contra molinos, junto a su escudero quejumbroso; y a su propio hijo.

Docenas de palomas le he mandado, padre, dijo el primero de su sangre a Geryk mirándolo con ojos que no eran ni suyos ni de su mujer. No eran ojos en absoluto, sino espejos donde podía reflejarse todo lo que veía excepto a sí mismo.

Es imposible, le respondió buscando inútilmente su reflejo, porque lo único que sobrevuela estas planicies es un águila que me habla más que tú.

Su hijo no emitió más palabras las noches restantes, desapareciendo a la tercera. Geryk continuó, ausente de sí mismo y sin hablarles a los viajeros que se encontró luego, cosa que no hizo falta pues con nadie más se cruzó. Ni en su escalada por las montañas nevadas, ni en su caminata por el desierto rojo. Ninguno de los ríos de los cuales bebió, ni por arriba ni por abajo, daban con poblados, solamente las ruinas de tiempos anteriores que decoraban el paisaje  le servían como señal de humanidad.

Tanto la barba como las uñas le crecieron, pero la caza mantenía estas últimas cortas y rotas. En la quinta primavera de su viaje, o tal vez la sexta ya que el tiempo no era de importancia para alguien que había dejado de vivir, amanecía todas las mañanas con trenzas y flores a lo largo de sus cabellos. El invierno que lo siguió, su caballo dejó de andar. Geryk, sin pesar alguno, le brindó una muerte veloz y se alimentó de su carne cruda.

Con las flores, las ropas y las barbas entintadas de un rojo que olvidaría lavar, alzó las manos hacia el cielo cuando el sol se levantó. El águila, que lo acompaña dependiendo de si Geryk la recordaba o no, se posó en sus manos huesudas para señalarle con su pico al norte.

Caminaría, entonces, cinco años más con el sol saliendo a su derecha y acostándose a su izquierda.  Perdió tanto sus cabellos como sus ropas pero no existía frío o calor que su cuerpo notase.  Ya cerrar los ojos le resultaba inútil, pues sus visiones llevaban mucho, mucho tiempo siendo su única compañía.

Que sus esfuerzos hayan tenido algún resultado o no, dependerá de alguien más, pues cuando se encontró frente a frente con unas magníficas puertas de oro y diamantes, con sonidos hermosos y olores suculentos, Geryk despertó.

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martes, 8 de marzo de 2016

Percusión

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Ingrid llevaba año y medio viviendo en su nuevo apartamento. Tal vez ya no tan nuevo como para poder llamarlo como tal y lo suficientemente cerca de la casa de sus padres como para perder la novedad de la ubicación más rápido de lo que había pensado mientras hacía los trámites de compra, pero había estado tan emocionada los dos primeros meses que evitar hablar de su “apartamento nuevo” era imposible. Se le había quedado, como una muletilla cualquiera similar a quienes a día de hoy se refieren a un producto por el nombre de la marca más exitosa que los distribuya.

Ingrid llevaba año y tres meses viviendo con su cachorro de labrador, a quien adoptó cuando éste tenía lo que le calculó como cuatro o cinco meses. Tal vez ya no tan cachorro ni tan pequeño como para poder llamarlo como tal en las citas con el veterinario pero, como toda madre que era sin importar la especie de su hijo, siempre lo vería como si fuese su bebé. Un bebé que gatearía toda su vida, que comería del suelo y se apropiaría de la mitad de su cama hasta el último de sus días.

También ladraba cada vez que llegaban visitas.

Alquitrán, bautizado así por haber sido encontrado lleno del líquido hasta el cuello en una alcantarilla a malas horas de la noche, se había acostumbrado a ladrar cada vez que detectaba a alguien detrás de la puerta principal fuese visita o no. Cuando los vecinos volvían a sus casas en horas de la madrugada y posiblemente ebrios balanceándose y acercándose a su puerta mientras iban a la suya propia, Alquitrán salía corriendo de la habitación para plantarse en la entrada. Y ladrar. Y ladrar. Y ladrar.

En el comienzo a Ingrid le había parecido lindo y útil por partes iguales, pues el ladrido agudo del cachorro era un sonido precioso para sus oídos además de un buen reemplazo para el penetrante zumbido del timbre. Pero Alquitrán se volvió más grande y su voz más grave. Retumbaba en las paredes, escandalizando tanto arriba como abajo y a los lados. Como las visitas eran raras y generalmente de día, los comentarios eran escasos y libres de queja alguna pues el perro gozaba del favoritismo de la mayoría de los inquilinos.

Al menos hasta que empezaron los ladridos nocturnos, dos meses atrás.

Al principio, Ingrid los consideró sucesos aislados, completamente merecedores de toda la indiferencia de la cual era capaz una mujer como ella que negaba estar más cerca de los treinta que de los veinte y solía trabajar desde la comodidad de su sillón escribiendo críticas de películas, series y todo lo que se atreviera a mostrarse a través de una pantalla. Cuando notó el patrón, en cambio, decidió molestarse en acompañar al perro cada vez que éste fuese a la puerta tanto de día como de noche.

Sintiendo la negra mirada de Alquitrán a sus espaldas, Ingrid chequeaba religiosamente la mirilla antes de decidir si abrir o no la puerta, cosa que se había malacostumbrado a dejar pasar en su infancia viviendo con un par de padres confianzudos que le daban la bienvenida a todo aquel que se aventurara a tocarles el timbre. Por dicha mirilla vio ebrios y muchachos correteando más de una vez, los ebrios asustándose de los ladridos y los chicos emocionándose de la cercanía de un ser canino.

Los borrachos enojados provocaban que Ingrid le diese una vuelta extra al pestillo pero nunca serían capaces de ponerle los pelos de punta como aquellas veces que, sin importar cuánto esperase de pie con el ojo vigilante, no aparecía nadie detrás de la puerta.

Lo hubiese dejado pasar de no ser porque Alquitrán jamás se equivocaba ni ladraba en otra ocasión, era un perro generalmente silencioso. Una primera vez para todo, pensó Ingrid devolviéndose a su cama con el perro gimoteando atrás, siguiéndola con la cola entre las patas.

Sería erróneo definirla como una mujer que creyese en fantasmas o seres de más allá, más acá o algún otro plano existencial, pero durante esos dos meses sentía una molestia fría por la nuca todas las noches, cada vez que se acostaba a dormir. Sus negaciones firmes pasaron a abrirse y dar cabida a la duda, a la posibilidad. Al miedo. Cada vez que el sol se escondía, Ingrid empezaba un juego de rebotes consigo misma. Ridícula, se llamaba a sí misma por su cobardía, tratando de convencerse de la imposibilidad de sus sospechas. Discutía, argumentaba  y refutaba todo lo que su paranoia dejase colar en su mente pero ello no solucionaba el hecho de que Alquitrán, sin falta, le ladrase a la nada.

Una noche, no mucho atrás, dejó al perro en casa de sus padres. Tal vez les ladrara a ellos, tal vez consiguiese dormir una noche entera en paz. Tal vez sucedieran muchas cosas o absolutamente nada. En toda su vida no había sentido una soledad tan aplastante como la de aquella vez y todos sus intentos por conciliar el sueño fallaron. La cama rechinaba con el más mínimo movimiento sobre ella, las cortinas susurraban, las ventanas crujían por el viento, las voces de sus vecinos repentinamente estaban justo a su lado.

Todo era mil veces más notorio, más ruidoso, más invasivo… Todo era más. Simplemente más. Al menos, lo era sin Alquitrán fielmente a su lado. Incluyendo los ligeros golpes sobre madera que venían de la entrada.

Tocaban a su puerta.

Se escondió bajo las sábanas con el móvil y contó las horas hasta que saliese el sol. Mientras conducía para buscar a su perro, se repetía que lo había imaginado una y otra vez tal mantra. Una cosa era segura, no dormiría sin Alquitrán junto a ella siempre que pudiese evitarlo. Yéndose de casa de sus padres se le ocurrió la brillante idea de pasar la noche con ellos, inventando cualquier excusa para dormir en su vieja habitación. Sus padres, más que alegres de tener a su hija una vez más bajo su techo, habían aceptado.

Se reprochó por creer que había sido una buena idea, pues los juguetes que había dejado la miraban desde las repisas superiores con sus ojos de botón vacíos de vida alguna. Se sintió multiplicadas veces más juzgadas que en la privacidad de su apartamento cuando empezó a llorar al ver a Alquitrán levantándose de golpe a ladrarle a la puerta de la habitación. Sus padres le dirían al día siguiente que tal cosa no había sucedido la noche anterior.

Volvió a su apartamento y así como crecían sus temores, lo hacían las bolsas bajo sus ojos además del mal humor. Hablaba mucho menos pero salía por ratos más largos que de costumbre a pasear a Alquitrán, quien se conformaba con cualquier excusa para corretear en el parque o al borde de la costa. Los momentos en los exteriores llenos de narices húmedas y colas que iban de lado a lado le devolvían un deje de normalidad a su mente, permitiéndole respirar hondo y calmarse hasta que la necesidad de volver al apartamento se volviese inminente.

Con dos meses de insomnio a sus espaldas, decidió que abriría la puerta y luego se golpearía con ella en la cara por su inmensa estupidez.

Así fue Ingrid como llegó a sentarse con las piernas cruzadas y el corazón en la garganta en medio de su sala con el perro echado a su lado. Alquitrán se movía y revolvía jugueteando con su pelota, la viva imagen de la despreocupación que no hacía más que causar la mayor envidia que Ingrid sintió en años.

Esperó.

Y esperó.

Y se quedó esperando.

El reloj del microondas le indicaba que había pasado menos de una hora, la medianoche aún se encontraba en la lejanía, pero Ingrid tenía la sensación de que el sol estaba por salir. Su percepción del tiempo completamente jodida. En algún momento se quedó dormida encima de su perro, despertándose cuando su cabeza se golpeó contra el suelo, su almohada habiéndose levantado a cumplir su rutina nocturna.

Por los ladridos, tratar de oír cualquier otra cosa sería inútil así que sujetó a Alquitrán cerrándole el hocico sin ser mordida para prestar mejor atención. El perro gruñía bajo su agarre pero no le dificultó al escuchar los tres ligeros golpes provenientes de la puerta. En un casi completo silencio, volvió a esperar.

Cada minuto, volvían a sonar los tres golpes hasta que el reloj le marcó las cuatro treinta y siete de la mañana. Ingrid lloraba, con Alquitrán lamiéndole las lágrimas gimoteando, porque no había explicación lógica para que alguien tocara por tanto tiempo y no se retirase o usase el timbre. ¿Otro borracho? ¿Algún niño? ¿Ratones? No, no y no.

Se levantó con las rodillas débiles y a paso lento se acercó a la mirilla, Alquitrán detrás ladrando con su nueva libertad. No había nadie del otro lado.

No había nadie del otro lado y los golpes continuaron.

Incluso podía sentirlos, pues venían justo detrás de la zona donde había apoyado su mano. Ingrid, con un nudo en la boca del estómago, pateó la puerta, frenando las terribles percusiones. Estaba dividida entre sentirse realmente tranquila o admitir la derrota ante la locura. Antes de decidirse entre un lado u otro, la perilla hizo el además de girarse como si alguien quisiese entrar al apartamento. Por buena suerte y previsión por parte de Ingrid, tenía llave. Por no tan buena suerte, los golpes dieron inicio una vez más. Más rápidos, más fuertes.

Más allá del terror, era la rabia la que corría por sus venas despojándola del frío y de todo raciocinio. Si al final era todo un chiste, era uno horriblemente malo.

Agarró sus llaves del aparador, donde usualmente las dejaba, y con mano sorprendentemente firme insertó la del apartamento en la cerradura sin girarla. Inmediatamente cesó todo sonido a su alrededor.

El silencio no hizo más que frenarla un par de segundos pero estaba decidida y llena de una furia que funcionaba como anteojeras ante la lógica de sus acciones, dejándola con un solo curso a seguir. Con una vuelta de su muñeca, quitó el seguro del cerrojo y abrió veloz pero cuidadosamente evitando todo ruido. Ante ella estaban las puertas a los otros apartamentos, tapetes de bienvenida, las escaleras y el elevador pero ninguna señal de vida humana, animal o vegetal.

Se aventuró a dar un par de pasos sin soltar la perilla, las manos le sudaban, y con un chasquido de su lengua contra sus dientes evitó que Alquitrán la siguiera. Cerró la puerta sin voltearse y se asomó por las escaleras. Bajó un piso, subió dos, llamó elevadores y dio vueltas por el pasillo para encontrar que no había nadie ni nada fuera de lo común.

Ingrid dejó pasar la furia para sufrir el peso del cansancio y se devolvió a su apartamento, se sentía lo suficientemente liberada como para considerar que el sueño volvería a ella sin problema. Cuando quiso abrir la puerta, ésta no cedió ante sus intentos. Tal vez le había pasado llave por error, para que Alquitrán no saliera.

Alquitrán comenzó a ladrar desde el otro lado mientras Ingrid buscaba sus llaves. No las cargaba encima a pesar de jurar haber salido con ellas en sus manos. Maldijo por lo bajo y por lo alto, indiferente del reposo de sus vecinos, y le tocó el timbre a la siguiente puerta más cercana.

Una presión, dos y tres.

Sin importar cuánto presionase el interruptor, éste no producía sonido. Pensó que estaría dañado e intentó con otra puerta para descubrir el mismo resultado. Así con la siguiente y la siguiente, todo acompañado por los ladridos de su perro desde su apartamento.

El frío miedo escaló poco a poco por su espalda, volviendo a instalarse en su nuca. Se acercó a su propia puerta y presionó su timbre mientras calmaba al can con falsa tranquilidad en su voz, la cual sentía retumbar en su garganta pero no llegaba a sus oídos. Como en sus intentos anteriores, ni siquiera su propio timbre funcionaba. Golpeó de un puñetazo la puerta y del otro lado golpearon de vuelta. Alquitrán ladró.

Sintió que su corazón detenía su ritmo y sin pensamiento alguno miró a través de la mirilla.

Ella misma se devolvió la mirada.
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jueves, 28 de enero de 2016

De humores, horrores y otros relatos

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Ayer escribí de golpe la primera parte del tercer capítulo de Humor y Horror en la calle 69 y pensé en compartir un avance, así fuese sólo por el mero de hacerlo. Aprovecho también para recordar que bajo la pestaña de Historias pueden encontrar mis más recientes trabajos (y uno de los más viejos) y, además, dejarles el link acá mismo en la entrada de hoy.

Ya hablé de Humor y Horror 1 (sí, 1 porque planeo escribir 2 y 3 al menos), así que les menciono mi primer intento en un romance original: Sin querer queriendo, y mi fallo descomunal en la poesía: Columpio.

También quería invitarlos a escribir y a compartir sus trabajos, pues no solamente me encanta leer sino compartir con otros escritores (ja, como si yo fuese uno) y aprender, a ver si alguna vez escribo algo decente o no.

Sin más, he aquí el adelanto:
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sábado, 16 de enero de 2016